LA CENICIENTA


Un Cuento para niñas y niños que han sufrido pérdidas

Los nombres que se usan en este escrito son ficticios y los pacientes reales han permitido que se relate parte de sus historias.


Quiero referirles un caso que me ha impactado mucho en mi quehacer como psicóloga. Se trata de Eddy de 6 años de edad. Vive en una casa modesta con Julia de 23 años, su hermana mayor, Pedro, esposo de Julia, y, con su hermano Martín de 12 años, quien cuida de él mientras Julia y Pedro salen a trabajar. Julia acude en mi ayuda, está preocupada porque el niño se siente desmotivado para ir al colegio y se comporta de manera agresiva con su profesora y sus compañeros. Me dirijo al colegio y tengo una conversación con Fanny, su profesora, quien me refiere que Eddy busca cualquier oportunidad para salir del salón de clase y refugiarse en algún rincón de la escuela. Ella debe salir en su búsqueda, y después de un largo rato, lo encuentra, pero él se resiste y con lágrimas en su rostro expresa que no quiere regresar, que nada tiene sentido, que para qué estudiar. Esa es la dinámica diaria que vive Fanny con su estudiante. Ella me dice que conoce la historia del niño, y piensa que le afecta la ausencia de su madre. Me cuenta que con la única persona de la escuela que él tiene confianza es con Emma, la señora que atiende la cafetería, quien conoce su situación, y quien demuestra su afecto a través de los alimentos: le sirve una mayor porción de refrigerio en relación con sus compañeros, le permite que repita lo que más le gusta y le obsequia galletas y dulces para que lleve a su casa.

Después de conocer el motivo por el cual Julia acude a mí, conozcamos los antecedentes de Eddy, los cuales fueron reportados por ella en la primera entrevista. “Mi madre era muy joven cuando se casó con mi padre. Él era mucho mayor que ella. Nos tuvieron a mí, a mi hermana Lady y a Martín que ahora tiene 12 años. Vivíamos juntos hasta que ella se hartó del maltrato físico y psicológico al que siempre había estado sometida. Decidió irse lejos, y por allá se conoció con otro hombre, quedó embarazada y regresó a vivir con nosotros cuando mi padre ya se había ido de casa. Eddy nació, vivíamos los cinco, yo tenía muchas diferencias con mamá, pero así convivíamos y nos queríamos. Pasado el tiempo, ella enfermó y murió. Mi hermanito Eddy nunca la vio, todos creímos que lo mejor para él, era que simplemente supiera que mi madre ya no estaba y que se había ido para el cielo. No lo llevamos ni al velorio, ni al sepelio; lo único que supo es que la habíamos dejado lejos, cerca de una montaña. Después de este acontecimiento, vivimos los cuatro hermanos. Busqué al padre de Eddy con el ánimo de que lo reconociera, y el niño pudiera tener relación con su figura paterna, pero fue inútil la comunicación con él. Mi hermana y yo trabajábamos para mantener a nuestros hermanos. Un día nos enteramos que nuestro padre se encontraba enfermo, lo trajimos a vivir con nosotros a pasar sus últimos días; también murió y volvimos a quedar solos hasta que otro acontecimiento inesperado llegó a nuestro hogar. Una mañana, salió Lady como de costumbre a su trabajo y no regresó más. Llegó la peor noticia que puedes esperar: la habían matado. No supimos detalles, y nuevamente pensamos que lo mejor era ocultarle a Eddy la verdad. Nunca hablamos del tema con él. Hasta hoy cree que nuestra hermana está de viaje. Constantemente pregunta que cuando regresa…”


Danzar, es la empresa que dirijo. Es un Centro de Psicoterapia Infantil donde hacemos uso de la danza como proceso complementario a la intervención psicológica. Los padres que desean, llevan a sus hijos los sábados a la sesión de danza, a la cuál asisten los niños que se encuentran en psicoterapia; está orientada por la maestra de ballet Laura Flórez y acompañada por mí. En semana me dirijo a sus casas para hacer la intervención individual. Esta idea surgió cuando fundé mi centro. En ese momento no contaba con un espacio físico para realizar mis intervenciones; pero ahora que ya lo tengo, aún sigo atendiendo en casa porque he comprobado que, yendo al hogar de cada niño, conozco con mayor veracidad la situación que mi paciente y su familia está viviendo; puedo observar con objetividad aquello que para un padre no es fácil reportar cuando acude a un consultorio; además de la continuidad en el proceso que se hace semanalmente y que, al ser percibido por mensualidad, se hace poco probable que las citas sean canceladas. También el seguimiento constante en el proceso, hace que los resultados se vean pronto. La metodología usada durante cada sesión, la realizo usando la lectura de cuento sin ilustración. Es una forma de psicoterapia creada por el Dr. Bruno Bettelheim, gran psicoterapeuta infantil, quien planteó en su libro: Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas que estos cuentos enriquecen la vida del niño, estimulan su imaginación, ayudan a desarrollar su intelecto, clarifica sus emociones; ha de estar de acuerdo con sus ansiedades y aspiraciones; hacen que reconozca plenamente sus dificultades, al mismo tiempo que le sugiere soluciones a los problemas que le inquietan. Es decir, que los cuentos, y sobre todo sin ilustración permiten darle pleno crédito a la seriedad de los conflictos del niño, sin disminuirlos en absoluto, y estimulando, simultáneamente, la confianza en sí mismo, y en su futuro.


Después de conocer el propósito de Danzar, retomemos el caso que les estoy refiriendo. Julia contrató con Danzar solo el proceso psicoterapéutico, debido a que los sábados cumplía horario laboral y no había quien llevara a Eddy a la sesión de danza. Entonces, llegué a su casa un día en semana a las 9:00 de la mañana. Era su primera sesión. Eddy y Martín se encontraban solos; esto no pasaba solo ese día, todas las mañanas transcurrían así: los niños debían estar en la escuela a la 1:00 p.m. Julia se levanta muy temprano, les prepara el desayuno y el almuerzo, y salen ella y su pareja a trabajar. Julia gana un salario mínimo como Call Center y Pedro trabaja como conductor; por lo tanto, lo que ganan no les alcanza para pagarle a una cuidadora. Los niños se despiertan, desayunan, organizan la casa, realizan sus tareas, se bañan, se ponen sus uniformes, almuerzan y llega Pedro por ellos para llevarlos al colegio. Para iniciar el proceso con el niño, elegí el cuento de la Cenicienta, de Jacobo y Guillermo Grimm. La historia trata de un hombre rico, que vive con su mujer y su hija. La mujer se enferma y muere. Luego el padre se casa de nuevo y llega su nueva esposa con sus dos hijas. Las tres tienen corazones negros y feos; le quitan el vestido a la niña y le ponen uno sucio con un delantal gris; así, la convierten en su criada, y la empiezan a llamar Cenicienta. Ella con ayuda de sus amigas palomas y tórtolas logra ir al baile que organiza el rey del país para conseguir esposa para su hijo. El príncipe, con el ánimo de saber quién es Cenicienta, pone pegamento en el piso. La última noche de baile, ella deja su zapatilla al salir del palacio. Cuando el príncipe está buscando la dueña del zapato, llega a la casa donde vive Cenicienta; salen sus hermanastras, la primera pide medirse la zapatilla, y como no le queda, la madre le pide que se corte el talón… en ese momento Eddy, se sorprende y se tapa la boca con sus manos, le pregunto qué pasa, él me expresa que siente náuseas, le pregunto que si suspendo la lectura, y él me pide que continúe… La segunda hermana, se prueba el zapato después del príncipe darse cuenta que a la primera le salía sangre de éste, y como tampoco le queda, la madre le pide que se corte el dedo… en ese instante, el niño vuelve a tener la misma sensación de náuseas; pero me dice que puede seguir escuchando… el príncipe también se da cuenta de la sangre que le sale del zapato y finalmente, se lo mide a Cenicienta y se casa con ella. El día de la boda aparecen las hermanastras, una a cada lado de Cenicienta; en cada hombro se encuentra una paloma, que saca los dos ojos a las dos… Eddy, no resiste más y se retira al baño. Allí tarda un rato, y cuando regresa me cuenta que vomitó, que por favor no le vuelva a contar esa parte de la historia. Pregunté si podía continuar, y me responde que sí… Cenicienta y el príncipe se casan y viven felices para siempre… le pregunto al niño cómo le pareció la historia, me responde que a él le pasó algo similar: “mi mamá también se fue al cielo, es lo que me dicen mis hermanos”, ¿y tú que piensas?, “no sé, yo no la volví a ver, no sé dónde está, me dicen que está lejos, cerca de una montaña”, y ¿te gustaría saber dónde se encuentra?, “sí,”. Entonces voy a hablar con tu hermana para que te lleve al lugar donde quedó tu mamá después de fallecer. Termina la primera sesión…


En esta sesión, Eddy muestra una fuerte necesidad de externalizar lo sucedido con su madre; se evidencia en las escenas en las que se genera una pérdida, en este caso del talón, de un dedo y de los ojos de las hermanastras; estas situaciones lo llevan a experimentar náuseas hasta el punto de provocar vómito; éste puede interpretarse como la manera de dejar salir, de sacar, de expresar todo aquello de lo que no se ha hablado en familia, del malestar que se ha generado por la pérdida de su madre; pero más aún, por el proceso de duelo al que no le fue permitido adentrarse de manera apropiada. Esa externalización también se hace evidente cuando al terminar la historia manifiesta la similitud entre la muerte de la madre de la heroína y la suya; pero con un fuerte deseo de constatar esa muerte al interés por saber sobre el lugar donde fueron dejados sus restos.


A partir de la lectura del cuento de La Cenicienta, se percibe que Eddy refleja un duelo no resuelto. El no permitir que él constatara que su madre había fallecido, no asistiendo al velorio ni a la ceremonia fúnebre, generó en él un conflicto interno que no le permitió resolver de manera apropiada la partida de su madre. Esta es una conducta muy frecuente en algunos adultos, que tienen la fuerte creencia que apartando al niño de su ser querido fallecido, le están permitiendo que no sufra; pero en realidad lo que están ocasionando es que se genere el efecto contrario; porque ante la desaparición del objeto, en este caso la madre, el niño necesita constatar que este objeto ya no se mueve, que cerró los ojos y no volverá a abrirlos, que no existe ya; y la manera de hacerlo es a través del ritual que la cultura ha creado para que lo experimente: el velorio y el sepelio. De acuerdo con Facio Lince en su libro “Del Dolor al Duelo”, citado por Ricardo Iván Mejía & Luisa Fernanda Aguirre Vasco, se plantea sobre la relevancia que tiene el ritual como un elemento fundamental para que el doliente pueda iniciar su proceso de duelo y pueda salir de éste.

Entendiendo el duelo, según Freud como la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción (patria, libertad, ideal, etc); llega a mi memoria además del caso de Eddy, Andrés de 8 años de edad, hijo de padres divorciados: Rosa de 44 años y Mauro de 40. Vive con su madre, Matilda su hermana menor y Emma su cuidadora, con quien pasa la mayor parte del tiempo en casa, y a quien él tanto aprecia por el cuidado y el amor que les otorga mientras su madre estudia su segunda carrera y sale a trabajar a un negocio independiente del que ella es propietaria. Los cambios en su estado de ánimo y comportamiento empiezan después de que su padre, un día inesperado se va de casa, al extranjero; nadie le explicó lo que pasaba, ni Rosa, ni Felipe le hablaron sobre su divorcio.


Transcurrido un año nadie en casa mencionaba el tema; todo transcurría como si nada pasara. Felipe lo llamaba a diario y su madre evadía la permanencia en casa cuando los niños estaban allí porque no sabía cómo responderles a todas las inquietudes que ellos tenían sobre lo sucedido. Durante las primeras sesiones el niño no hablaba de lo ocurrido; pero después de 8 sesiones cuando leo por primera vez este maravilloso cuento. Le pregunto sobre lo que él cree que sintió Cenicienta cuando su madre falleció, y él responde: “ella se sintió horrible, yo creo que sintió lo mismo que yo sentí cuando mi papá se fue de la casa”, y ¿qué sentiste tú?: “tristeza, rabia, sentí que me abandonaba y también sentí culpa”; ¿crees que hiciste algo que hizo que tu papá se fuera?, “no, sólo fue eso lo que yo sentí, no sé por qué”, y ahora, después de que ha pasado el tiempo y piensas en eso que sientes, sigues sintiendo culpa de que tu papá se haya ido?, “pues ahora que lo pienso bien, no creo”.

Esta ha sido una de las sesiones más importantes para Andrés, pues ese día sintió la necesidad de externalizar sus sentimientos y emociones que se generaron por la separación de sus padres, y que no le permitieron resolver su duelo de manera adecuada; a partir de ese momento, el niño empieza a comprender el suceso.


También, les refiero el caso de Madeleine de 4 años, hija única, sus padres Carolina y Pedro de 38 y 40 años. En sus primeras sesiones de haber iniciado el proceso de intervención muere su papito materno, como se dice en Cali a los abuelitos. Él vivía con su esposa en su casa; pero cuando empezó a enfermar se mudaron a casa de la niña; allí pasó toda su enfermedad hasta fallecer. Made cedió su habitación a su abuelo durante el tiempo que permaneció allí, veía a su abuelo todos los días postrado en cama, observaba cuando las enfermeras llegaban a hacerle sus terapias, dar sus medicamentos y atenderlo. La relación con él era estrecha, ella le hablaba, le contaba historias y estaba siempre pendiente de él. Después de su fallecimiento, la niña fue llevada a todo el ritual fúnebre: velorio, cepelio y tuvo algunos días para reposar en su casa.


El día que llega a la sesión, pienso en la conveniencia de leer La Cenicienta. Después de realizada la lectura, la niña expresó: “A Cenicienta le pasó lo mismo que a mí con mi papito, él se fue para el cielo y Diosito lo está cuidando”, y ¿qué sientes?: “me siento triste, extraño a mi abuelito”. Después de externalizar sus sentimientos, ella le hace una carta a su abuelito, representa a través de un dibujo lo mismo que expresó de manera verbal. La carta la lleva a su casa. Made padece infección urinaria debido a su problema de enuresis y encopresis. Su madre expresa que durante estos días se ha incrementado. Es posible que su proceso de duelo esté afectando su aspecto biológico. A lo largo de tres sesiones más se vuelve a leer la misma historia, y se observa que al trascurrir de los días, su estado de ánimo mejora y la enuresis y encopresis disminuye e incluso podría decirse que es superada; por tal razón, se concluye que la situación de enfermedad y muerte de su abuelo la estaban afectando a tal punto de padecer esas dificultades.


Esto confirma lo que Bettelheim afirma sobre la importancia de leer una y otra vez la misma historia al niño, pues a nivel terapéutico interviene en su psiquis, aportándoles mensajes a su pequeño yo en formación, estimulando su desarrollo a la vez que puede liberar sus impulsos, por ejemplo aquello que siente y como se siente; y en la medida que la historia adquiere un significado para él o ella, esta le permite ir estructurando su personalidad en relación con sus impulsos, con lo que él es como niño y con respecto a lo que se está conformando en relación a su moral.



Por todo lo anterior, compruebo en cada caso que atiendo, que los cuentos sin ilustración son una gran herramienta para ayudarle al niño a superar sus conflictos no resueltos; y esto lo vemos con esta historia de La Cenicienta, una de mis favoritas a la hora de intervenir en casos en el que los niños se encuentren atravesando por un proceso de duelo; bien sea por pérdida de un ser querido, por separación de padres, por cambio de ciudad, entre otras pérdidas.










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